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domingo, 16 de junio de 2013

La Santa Compaña, Leyendas de Galicia



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Santa Compaña, según la leyenda difundida en Galicia (España), probablemente de origen celta, nombre que recibe un cortejo de fantasmas, cada uno de los cuales lleva una tea en su mano. Algunos creen que al frente del cortejo va un fantasma mayor llamado Estadea. Son los espectros de los muertos que, a las doce de la noche o, en casos extraordinarios, a mediodía, se reúnen a la puerta de la iglesia para iniciar su recorrido. Llevan un acompañante vivo, hombre o mujer, que sostiene una cruz y un caldero de agua bendita con su hisopo. Cuando en el camino aparece otro ser vivo, el acompañante le entrega la cruz y el caldero y, de ese modo, consigue librarse de la Santa Compaña. Se dice que ésta sale a visitar a los vivos y les anuncia que les llegará la muerte al cabo de un año. La muerte depende del azar, parece decir la leyenda al plantear la posibilidad de que uno se libere entregando los objetos rituales a otro.

Existe la creencia muy generalizada de que la muerte no es sino el simple tránsito del mundo de los vivos al mundo de los muertos, y de que unos y otros mantienen una frecuente relación de ayuda mutua: los muertos ayudando a los vivos en sus dificultades en la vida, y los vivos ayudando a los muertos en su difícil tránsito por el más allá.
Esto se ha concretado en Galicia en una serie de rituales y tradiciones que han perdurado hasta nuestros días, a pesar de que sus raíces se hunden en la noche silenciosa del mundo celta. Yo aún pude escuchar alguna de ellas a la lumbre del viejo hogar campesino, donde todos, imbuidos de ese miedo y respeto que provoca lo mágico, hablan de los muertos, siempre presentes en su vida y en los caminos de sus aldeas, hablan de la temible “COMPAÑA”.
Como “cosas que ocurren en la noche”, se reconocen una serie de fenómenos para-normales englobados en el término “LA COMPAÑA”, y que generalmente son procesiones de difuntos de rostros espectrales, que recorren los caminos vestidos de blanco sudario para anunciar a los vivos una muerte cercana, o bien para hacer a los desafortunados que se encuentran con ella víctimas de sus iras. Por eso, en distintas partes de Galicia se habla de una “Compaña de Satanás” y una “Santa Compaña de Dios”.
Con el nombre de “Estadea” o “Estantigua” se describe una procesión de almas en pena que, procedentes del purgatorio y capitaneados por el Diablo, marchan arrastrando cadenas por los caminos nocturnos, y que se aparecen a los vivos para hacerles víctimas de sus iras. Si uno tiene la desgracia de encontrarse con la “Estadea”, debe huir rápidamente o arrojarse al suelo con los brazos en cruz, pues si no, los muertos, rondándole, le preguntarán: “¿Por el aire o por el suelo?”. Y, según lo que elija, le arrastrarán por espinos o pedregales o le harán volar por el aire para dejarle maltrecho en algún lugar alejado de su casa.
La Compaña de Dios o “Santa Compaña” es conocida también por otros nombres, como “As da Noite”  o “La Pelegrina” , y es una procesión de ánimas que envía Dios para anunciar a los vivos la llegada próxima de la muerte. Se presenta a los ojos del vidente como una procesión de espectros que parecen no tocar el suelo al caminar y que van vestidos de blanco sudario; portan velas o hachones encendidos y hacen que se escuchen fantasmagóricos sonidos de rezos y campanillas. Portan un ataúd donde figura la imagen del futuro difunto. Salen generalmente del cementerio o de la iglesia conducidos por uno o varios párrocos ya fallecidos y se dirigen a casa del futuro muerto. Es una imagen astral del futuro entierro.
En otras versiones, es una procesión de difuntos, todos ellos conocidos o vecinos ya fallecidos del futuro muerto, y que vienen a su casa para anunciarle el fin de su vida. Otras veces es el desafortunado vidente el que, tras el fatal encuentro, comenzará a decaer y a enfermar hasta su muerte.
Si uno tiene un encuentro con la Compaña, jamás debe aceptar nada que esta le ofrezca, pues si por descuido uno de los muertos le pone en la mano un hachón o una vela, el desgraciado verá con horror como esta se convertirá en su mano en un hueso de difunto, y quedará obligado a guiar a la “Santa Compaña” todas las noches para anunciar sus fatales llamadas, pues delante de la Compaña, siempre va un vivo que la guía. Este hombre es conocido como el “HOME DO OSO” , y cada vez que sale la “COMPAÑA”, lo primero que hará será ir a buscarle para que le guíe hasta la casa del futuro difunto. El infeliz solo podrá verse libre de tan duro trabajo cuando logre endosar a otro vivo el hueso, quien pasará entonces a ser el nuevo “HOME DO OSO”. En las aldeas gallegas, cuando alguien estaba demasiado pálido o decaído sin causa aparente, se decía que tenía la “Enfermedad do Oso” o que “andaba con la Compaña”.
En otras zonas el fenómeno se conoce con el nombre de “visión”, y en ella el vidente lo que observa es una representación anticipada del entierro del futuro difunto. Allí ve al cura y a todos los que realmente participarán en el entierro. Verá los lugares por donde este pasará y podrá ver a los vivos que asistirán al mismo. En otras ocasiones, la Compaña solo anuncia su paso con ruidos extraños, sonidos de campanillas o rezos, pero entonces el que lo escucha sabe que alguien cercano va a morir, o tal vez, piensa, él mismo.
Los encuentros con la Compaña siempre son nocturnos, pues aseguran que esta solamente sale de noche, a no ser que por una urgencia deba hacerlo durante el día; pero en tales circunstancias nadie puede verlos salvo los gallos, que cantan a su paso sin descanso.
El gran teósofo español Mario Roso de Luna, en su libro “ El tesoro de los lagos de Somiedo”, habla de la identidad de La Santa Compaña gallega con la “Huestia”  asturiana, y nos dice el insigne filósofo que cuando alguien va a morir, desde lo astral, son aquellos amigos y conocidos ya fallecidos del futuro difunto los que, siguiendo las divinas leyes de la armonía universal, vienen a recibir y a guiar a aquel que va a cruzar las oscuras y difíciles aguas que separan las dos orillas.
Todas estas tradiciones, que aún se pueden recoger pueblo a pueblo por todos los caminos de Galicia, son un verdadero patrimonio de nuestra cultura espiritual. Porque el alma de un pueblo descansa sobre sus más sagradas tradiciones, al igual que el viento del norte pasa acariciando las hojas de los pinos, surgiendo de ello himnos de ininteligible magia y verdad.
Dicen algunos ancianos que con ellos desaparecerá la Compaña, pues hoy ya casi nadie cree en estas cosas. Aunque a mí siempre me quedará la duda de si esa falta de fe no es la terrible ceguera espiritual que el mundo moderno ha provocado en nosotros.
Fernando González Silva
Fuerteventura, 16 de Junio de 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

San Borondón, la isla misteriosa

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Fotografia Manuel Rodriguez


Las Islas Canarias son siete... y sin embargo, se busca una octava isla. Se trata de la isla fantasma, la isla misteriosa, la isla de San Borondón. San Borondón es la forma canaria de Saint Brendan o Saint Brandan de Clonfert (480-576 d.C.), monje irlandés, protagonista de uno de las leyendas más famosas de la cultura celta: el viaje de San Brendano o Brandano a la Tierra Prometida de los Bienaventurados, las islas de la Felicidad y la Fortuna.


Según el poema irlandés, Brendan era un monje de Tralee, en el condado irlandés de Kerry. Ordenado sacerdote en el año 512 d.C., partió junto con otros 14 monjes en una frágil embarcación que se internó en el Atlántico. La leyenda recoge el relato de sus aventuras, cómo recogieron otros 3 monjes más a lo largo de su viaje, sus encuentros con demonios que vomitaban fuego, con columnas de cristal flotante, con monstruosas criaturas tan grandes como islas.
Brendan y sus compañeros llegaron a una isla, en la que desembarcaron. Estaba llena de árboles y otros tipos de vegetación. Celebraron misa, y de pronto la isla comenzó a moverse. Se trataba de una gigantesca criatura marina, sobre cuyo lomo se encontraban los monjes.
Después de muchas peripecias, Brendan consiguió regresar a Irlanda.
Muchos se basan en esta leyenda para afirmar que marinos irlandeses debieron alcanzar, posiblemente, las costas de Norteamérica o de Terranova, así como de Islandia y otras islas del Atlántico Norte, en la Alta Edad Media.
Lo cierto es que desde el siglo XV, a lo largo del cual las Islas Canarias son conquistadas, comienzan a oírse los relatos de una octava isla, que a veces se divisaba al oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera. Cuando los navegantes intentaban aproximarse a ella, y se encontraban a la vista de sus costas, montañas y valles, la isla era envuelta por la bruma y desaparecía completamente. Evidentemente, la isla fue rápidamente identificada con la mítica isla-ballena de San Brendan, cuyo nombre se convirtió, en Canarias, en "San Borondón".
Se creyó a pies juntillas en su existencia, y no faltaron relatos detallados de algún que otro navegante que juraba haber desembarcado en la isla y haberla explorado antes de que volviera a hundirse en el Océano. En algún tratado internacional firmado por el Reino de Castilla, haciendo referencia a Canarias, se hablaba de la soberanía castellana sobre "las islas de Canaria descubiertas y por descubrir"; como quien dice, por si acaso... La isla fue llamada "Aprositus", Inaccesible, y en otras versiones de la leyenda recibe el nombre de "Antilia" o "Isla de las Siete Ciudades", ciudades que se suponían fundadas por siete legendarios obispos
En los archivos del siglo XVIII aparecen investigaciones oficiales realizadas por las autoridades de la Isla del Hierro, en la que declaran decenas de testigos que afirman haber visto la isla encantada desde las cumbres herreñas. A raíz de ello partió de Santa Cruz de Tenerife una expedición en busca de la isla.
Resulta asombrosa la tenacidad con la que la leyenda ha seguido viva en el folklore popular canario. San Borondón sigue siendo una presencia constante en la imaginación popular de las islas, y seguramente no hay isleño de Tenerife, La Palma, La Gomera o El Hierro que no haya oteado alguna vez desde las cumbres de su propia isla, buscando la isla perdida de San Borondón en el horizonte del oeste donde el sol se hunde en el azul cobalto del Atlántico.
La tradición más generalizada hasta hoy para quien quiera ver a San Borondón está en la creencia de que al amanecer de entre los días 21 y 24 nuestra estimada isla se hace visible por unos instantes.
La siguiente información sale de:

Posición y configuración
Leonardo Torriani, ingeniero encargado por Felipe II para fortificar las Islas Canarias a finales del siglo XVI, describe sus dimensiones y localización y aporta como prueba de su existencia las arribadas fortuitas de algunos marinos a lo largo de ese siglo.
Esta isla se localizaría  al oeste del Archipiélago, a 550 km en dirección oeste-noroeste de El Hierro y a 220 km en dirección oeste-sudoeste de La Palma, aunque según otros «testigos» que dicen haberla visto, se sitúa directamente entre las islas de La Palma, La Gomera y El Hierro.
San Borondón mediría 480 km de largo (de norte a sur) y 155 km de ancho (de este a oeste), formando hacia el medio una considerable degollada o concavidad y elevándose por los lados en dos montañas muy eminentes, siendo la mayor de las cuales la de la parte septentrional.

Cartografía en la que aparece representada
Abundan las representaciones cartográficas en las que, a través del discurrir de los siglos, aparece San Borondón. Sin ser exhaustivos, pueden citarse:4

·                    Planisferio de Hereford, de Richard de Haldinghan (finales del siglo XIII)

·                    Planisferio alemán de Ebstorf , con la inscripción "Isla Perdida. San Brandán la descubrió pero nadie la ha encontrado desde entonces" (finales del siglo XIII)

·                    Carta de Pinciano (1367)

·                    Mapa anconitano de Weimar (1424)

·                    Mapa genovés de Beccari (1435)

·                    Mapamundi de Fra Mauro (1457)

·                    Mapa de la Isla de San Borondón de Leonardo Torriani (1590)

·                    Mapa francés anónimo (1704)

·                    Mapa del noroeste de África de Guillermo Delisle (1707)

·                    Perspectiva de Juan Smalley (1730)

·                    Perspectiva de Próspero Cazorla (siglo XVIII)

·                    Carta geográfica de Gautier (1755)

Fernando González Silva
Fuerteventura, 25 de Marzo de 2013